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Toronto, ciudad de puertas tan abiertas como
cerradas, de libertades y represiones, de abundancia y depresión.
Ciudad de prosperidad adornada de soledad, divorcio y bancarrota.
Ciudad de mil razas, mil caras y mil leyes, con tus calles iluminadas y tus
almas tan oscuras.
Con tus autopistas amplias y tus sueños tan angostos como la línea de crédito.
Toronto, con tus niños envenenados de juegos electrónicos, pizza y opulencia.
Con tus jóvenes atragantados de sexo, celular, internet e irreverencia.
Con tus familias construyendo la nueva versión
del paraíso donde no cabe la moral, el respeto y la autoridad.
Con el orgullo de quien trabaja y posee y la
miseria de quien olvida sus raíces.
Con tus ancianos premiados de seguridad social,
pensión y un torrente de olvido que parece no importarles.
Toronto, con tu lago arañando el horizonte; con tu torre enfocando el cielo; con tus
hombres en busca de riquezas
y tu Dios perplejo mirando desde el cielo con
ojos de amor.
A los perseguidos por la sombra del fracaso les diste abrigo y tu luz disipó
tinieblas.
A tu amparo renacieron sueños y florecieron
ilusiones.
Si has abierto tus brazos para albergar a sedientos de paz, futuro y dignidad,
lo menos que mereces es que Dios te visite con su
amor y misericordia.
¨Toronto, Dios ha puesto
sus ojos en ti¨.
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