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EDITORIAL En un mundo tan cambiante como el nuestro, donde la extensión de las fronteras físicas nos han empujado a confrontarnos con la realidad de la transculturación con todas la implicaciones que esto conlleva, hemos asumido el reto de marcar una pauta, hacer una huella que no pueda ser borrada de la mente ni del alma de nuestros hijos, sino que le sirva tanto de fundamento como también de filtro de información en los años porvenir. Para los padres con trasfondo cultural latinoamericano, ha sido un triple reto el aceptar el divino papel de ser guía y ejemplo de los hijos que Dios nos ha encomendado. Triple porque ésta ha sido una década de cambios; un avance estrepitoso de la tecnología que por mas que trato de estar al día, mi hija de trece años siempre está dos años adelantada a mi. Triple porque para aquellos que vivimos la aventura de estar en medio de culturas diferente a la propia, tenemos que abrir nuestra mente para medir en qué proporción el medio afecta a nuestros hijos y qué paliativos habrá que imponer ya que el idioma que ellos manejarán prioritariamente no será el español, la educación secular de ellos diferirá de la mía y los valores sociales probablemente serán diferentes. Triple porque yo tengo el sagrado deber de instruirles en la Palabra de Dios en un medio que insiste en hacerle perder su verdadero valor y la eficacia. Todo esto sin contar el desafío que representa la barrera generacional entre padres e hijos. |
Nuestros hijos necesitan saber la eficacia de la Palabra, conocer la profundidad de la doctrina sana y contundente; manejar las múltiples bendiciones de las cuales somos herederos. Necesitan alimento sólido, convicción en la mente y en el alma, formación de un carácter basado en la vida del Señor creciendo y madurando en el hombre interior. Cuando estos objetivos se hayan logrado en mis hijos (que son todos los que Dios me ha dado tanto propios como ajenos), ellos estarán aptos para afrontar el mundo, cualquiera que este sea, cualquiera sea el color, el diseño y la forma que éste presente porque en mis hijos no habrá ninguna duda de quienes son ellos en Dios y para qué están temporalmente en esta tierra. Lamentablemente éste es un trabajo multidisciplinario. Cada padre debe entender que la educación espiritual de sus hijos no están en manos exclusivamente de la maestra del domingo sino que debe haber armonía en imagen y visión tanto en casa como en la iglesia. Es una meta difícil de lograr pero no imposible de alcanzar, sobre todo cuando contamos con el respaldo de Aquel que no solo nos dio la misión, sino que nos dotó de las herramientas, la habilidad y la capacidad para llevarla a cabo. Nunca se sienta sólo(a) ni descorazonado(a) en el intento, somos muchos quienes estamos tirando de la cuerda del mismo lado que Usted, gente que somos padres, madres, maestros de escuela dominical, ministros (¡a veces todo junto!). Creemos que lo que estamos desarrollando en este departamento puede servirle de herramienta de apoyo para Sus objetivos.
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